martes, 26 de agosto de 2014

Centenario de Julio Cortázar- El Anillo de Moebius

Un día como hoy a las tres de la tarde, nacía Julio Cortázar  en 1914 en Ixelles, un suburbio al sur de la ciudad de Bruselas,  Bélgica durante la ocupación alemana.
Hoy cumpliría 100 años, por eso celebramos el día de su nacimiento con alegría por haber compartido parte de nuestra existencia con un escritor tan importante en la historia de la literatura de lengua española y de la literatura latinoamericana.
Cuando yo nací, ya él era un escritor consagrado, reconocido mundialmente por su obra Rayuela. Pensar que pude haberle conocido personalmente si yo hubiese nacido antes del 1963 cuando él visitó Cuba. Quizás podría haberle visto en mis paseos de la mano de mi madre por el barrio del Vedado en Ciudad Habana, muy cerca de la Casa de las Américas que le invitó a participar como jurado en un concurso. Esa visita causó gran influencia en la obra del autor quien comenzó a interesarse por la política. 

Por eso hoy en La Habana, Cuba se conmemorará el centenario de Julio Cortázar con la entrega del premio iberoamericano de cuento que lleva su nombre.
Un compatriota de Cortázar, el también escritor Vicente Battista, encabeza el jurado que analizó unas 400 obras enviadas desde toda Iberoamérica, si bien la mayoría son de autores cubanos.

También la Cinemateca de Cuba  celebra un homenaje, a propósito del centenario de su natalicio, a la impronta dejada por su literatura en el cine. Un decena de títulos conformaron esta propuesta, desde la trilogía inicial filmada por el argentino Manuel Antín entre 1960 y 1964 (La cifra impar, Circe e Intimidad de los parques), en calidad de estreno absoluto en Cuba, hasta Mentiras piadosas (2008), en la que su coterráneo, el novel realizador Diego Sabanés, reconstruyó la atmósfera y las relaciones entre los personajes del imaginario cortazariano.  Otros de los filmes son:
el documental Cortázar (1994) y Los libros y la noche (1999), en el que integró a los actores Walter Santa Ana, Héctor Alterio, Leonardo Sbaraglia y el desaparecido Lorenzo Quinteros (Hombre mirando al Sudeste). Otros de sus cuentos fueron llevados a la pantalla grande, aunque de alguno solo se tomara la idea (la trama) para hacer la película.

En este día tan especial quiero ofreceros la lectura de uno de los cuentos más polémicos de Julio Cortázar que provocó reacciones hasta violentas entre la crítica sobre todo en la femenina quien la consideró una de las historias más inquietantes y perturbadoras del autor. Os invito a que leáis el cuento y el artículo de Ilinca Ilian Ţăranu analizando el cuento

"Nuestro artículo se propone analizar el cuento El anillo de Moebius incluido en el libro Queremos tanto a Glenda (1980) para poner de relieve una de las soluciones más desconcertantes que da Cortázar en sus últimos textos a un problema filosófico que lo preocupa desde su juventud: la dualidad. Se trata, en su caso, de un problema heredado de los círculos surrealistas, que también llevaban una guerra encarnizada contra lo antitético y postulaban, en vez de una solución sintética hegeliana, una exageración de la tensión entre los contrarios. Cortázar seguirá hasta cierto punto este programa, pero en los textos de madurez buscará soluciones inéditas, entre ellas la simbolizada por la banda de Moebius, aludida en muchos textos escritos después de 1970. En el cuento El anillo de Moebius, la dualidad se ilustra por el binomio freudiano Eros / Tanatos y lo que le interesa al escritor es indagar ese problema filosófico con la ayuda de la figura mentada en el título, la cinta moebiusiana, que, por la introducción de la diferencia local / global, parece negar la dualidad e inducir la idea de la continuidad entre los contrarios" lejana.elte.hu/PDF_4/Ilinca_Ilian_Taranu.pdf
imagen de la escultura  de Max Bill (1935), hallada en http://www.yarquitectura.com/cinta-de-moebius/

Os exhorto a compartir con nosotros vuestra impresión, reacción y opinión sobre esta obra cortazariana.

Anillo de Moebius

ln memoriam J. M. y R. A.

Imposible explicarlo. Se iba apartando de aquella zona donde las cosas tienen forma fija y aristas, donde todo tiene un nombre sólido e inmutable. Cada vez ahondaba más en la región líquida, quieta e insondable donde se detenían nieblas vagas y frescas como las de la madrugada.
Clarice Lispector, Cerca del corazón salvaje.

Por qué no, acaso bastaría proponérselo como ella habría de hacerlo más tarde ahincadamente, y se la vería, se la sentiría con la misma claridad que ella se veía y se sentía pedaleando bosque adentro en la mañana aún fresca, siguiendo senderos envueltos en la penumbra de los helechos, en algún lugar de Dordoña que los diarios y la radio llenarían más tarde de una efímera celebridad infame hasta el rápido olvido, el silencio vegetal de esa media luz perpetua por donde Janet pasaba como una mancha rubia, un tintineo de metal (su cantimplora mal sujeta contra el crucero de aluminio), el pelo largo ofrecido al aire que su cuerpo rompía y alteraba, liviano mascarón de proa hundiendo los pies en el blando ceder alternado de los pedales, recibiendo en la blusa la mano de la brisa apretándole los senos, doble caricia dentro del doble desfile de troncos y de helechos en un verde translúcido de túnel, un olor de hongos y cortezas y musgos, las vacaciones.

Y también el otro bosque aunque fuera el mismo bosque pero no para Robert rechazado en las granjas, sucio de una noche boca abajo contra un mal colchón de hojas secas, frotándose la cara contra un rayo de sol filtrado por los cedros, preguntándose vagamente si valía la pena quedarse en la región o entrar en las planicies donde acaso lo esperaba un jarro de leche y un poco de trabajo antes de volver a los grandes caminos o perderse de nuevo en bosques sin nombre, el mismo bosque siempre con hambre y esa inútil cólera que le torcía la boca.

En la estrecha encrucijada Janet frenó indecisa, derecha o izquierda o todavía adelante, todo igualmente verde y fresco, ofrecido como dedos de una gran mano terrosa. Había salido del albergue para jóvenes al despuntar el día porque el dormitorio estaba lleno de alientos pesados, de fragmentos de pesadillas ajenas, de olor a gente poco bañada, los alegres grupos que habían tostado maíz y cantado hasta medianoche antes de tirarse vestidos sobre los catres de tela, las chicas de un lado y los muchachos más lejos, vagamente ofendidos por tanto reglamento idiota, ya medio dormidos en mitad de los irónicos inútiles comentarios. En pleno campo antes del bosque había bebido la leche de la cantimplora, jamás volver a encontrarse de mañana con la gente de la noche, también ella tenía su reglamento idiota, recorrer Francia mientras duraran el dinero y el tiempo, sacar fotos, llenar su cuaderno de tapas naranja, diecinueve años ingleses con ya muchos cuadernos y millas pedaleando, la predilección por los grandes espacios, los ojos debidamente azules y el rubio pelo suelto, grande y atlética y profesora de jardín de infantes felizmente dispersos en playas y aldeas de la patria felizmente lejana. A la izquierda, quizá, había una leve pendiente en la penumbra, dejarse ir después de un simple golpe de pedal. Empezaba a hacer calor, la silla de la bicicleta la recibía pesadamente, con una primera humedad que más tarde la obligaría a bajarse, a despegar el slip de la piel y a alzar los brazos para que el aire fresco se paseara bajo la blusa. Eran apenas las diez, el bosque se anunciaba lento y profundo; tal vez antes de llegar a la ruta del lado opuesto fuera bueno instalarse al pie de un roble y comer los sandwiches, escuchando la radio de bolsillo o agregando una jornada más a su diario de viaje interrumpido muchas veces por inicios de poemas y pensamientos no siempre felices que el lápiz escribía y después tachaba con pudor, con trabajo.

No era fácil verlo desde la senda. Sin saberlo había dormido a veinte metros de un hangar abandonado, y ahora le pareció estúpido haber dormido sobre el suelo húmedo cuando detrás de las planchas de pino llenas de agujeros se veía un piso de paja seca bajo el techo casi intacto. Ya no tenía sueño y era una lástima; miró inmóvil el hangar y no le sorprendió que la ciclista llegara por el sendero y frenara, ella sí como desconcertada, frente a la construcción asomando entre los árboles. Antes de que Janet lo viera él ya sabía todo, todo de ella y de él en una sola marea sin palabras, desde una inmovilidad que era como un futuro agazapado. Ahora ella volvía la cabeza, la bicicleta inclinada y un pie en tierra, y encontraba sus ojos. Los dos parpadearon a la vez.

Sólo se podía hacer una cosa en esos casos poco frecuentes pero siempre probables, decir bon jour y partir sin excesivo apuro. Janet dijo bon jour y empujó la bicicleta para dar media vuelta; su pie se desprendía del suelo para dar el primer golpe de pedal cuando Robert le cortó el paso y sujetó el manubrio con una mano de uñas negras. Todo era clarísimo y confuso a la vez, la bicicleta volcándose y el primer grito de pánico y protesta, los pies buscando un inútil apoyo en el aire, la fuerza de los brazos la ceñían, el paso casi a la carrera entre las tablas rotas del hangar, un olor a la vez joven y salvaje de cuero y sudor, una barba oscura de tres días, una boca quemándole la garganta.

Nunca quiso hacerle daño, nunca había dañado para poseer lo poco que le había sido dado en los previsibles reformatorios, solamente era así, veinticinco años y así, todo a la vez, lento como cuando tenía que escribir su nombre, Robert letra por letra, después el apellido todavía más lento, y rápido como el gesto que a veces le valía una botella de leche o un pantalón puesto a secar en el césped de un jardín, todo podía ser lento e instantáneo a la vez, una decisión seguida de un deseo de que todo durara mucho, que esa chica no se debatiera absurdamente puesto que él no quería hacerle daño, que comprendiera la imposibilidad de escaparse o de ser socorrida y se sometiera quietamente, ni siquiera sometiéndose, dejándose ir como él se dejaba ir tendiéndola sobre la paja y gritándole al oído que se callara, que no fuera idiota, que esperara mientras él buscaba botones y broches sin encontrar más que convulsiones de resistencia, ráfagas de palabras en otro idioma, gritos, gritos que alguien terminaría por escuchar.

No había sido exactamente así, había el horror y la revulsión frente al ataque de la bestia, Janet había luchado por zafarse y huir a la carrera y ahora ya no era posible y el horror no venía totalmente de la bestia barbuda porque no era una bestia, su manera de hablarle al oído y sujetarla sin hundirle las manos en la piel, sus besos que caían sobre su cara y su cuello con picor de barba crecida pero besos, la revulsión venía de someterse a ese hombre que no era una bestia hirsuta pero un hombre, la revulsión de alguna manera la había acechado desde siempre, desde su primera sangre una tarde en la escuela, mistress Murphy y sus advertencias a la clase con acento de Cornualles, las noticias de policía en los diarios siempre comentadas en secreto en el pensionado, las lecturas prohibidas donde aquello no era aquello que las lecturas aconsejadas por mistress Murphy habían insinuado rosadamente con o sin Mendelssohn y lluvia de arroz, los comentarios clandestinos sobre el episodio de la primera noche en Fanny Hill, el largo silencio de su mejor amiga al retorno de sus bodas y después el brusco llanto pegada contra ella, fue horrible, Janet, aunque más tarde la felicidad del primer hijo, la vaga evocación una tarde de paseo juntas, hice mal en exagerar tanto, Janet, un día verás, pero ya demasiado tarde, la idea fija, fue tan horrible, Janet, otro cumpleaños, la bicicleta y el plan de viajar sola hasta que tal vez, tal vez poco a poco, diecinueve años y el segundo viaje de vacaciones a Francia, Dordoña en agosto.

Alguien terminaría por escuchar, se lo gritó cara contra cara aunque ya sabía que ella era incapaz de comprender, lo miraba desorbitadamente y suplicaba algo en otro idioma, luchando por zafar las piernas, por enderezarse, durante un momento le pareció que quería decirle algo que no era solamente gritos o súplicas o insultos en su lengua, le desabrochó la blusa buscando ciegamente los cierres más abajo, fijándola al colchón de paja con todo su cuerpo cruzado sobre el de ella, pidiéndole que no gritara más, que ya no era posible que siguiera gritando, alguien iba a venir, déjame, no grites más, déjame de una vez, por favor, no grites.

Cómo no luchar si él no comprendía, si las palabras que hubiera querido decirle en su idioma brotaban en pedazos, se mezclaban con sus balbuceos y sus besos y él no podía comprender que no se trataba de eso, que por horrible que fuera lo que estaba tratando de hacerle, lo que iba a hacerle, no era eso, cómo explicarle que hasta entonces nunca, que Fanny Hill, que por lo menos esperara, que en su maleta había crema facial, que así no podría ser, no podría ser sin eso que había visto en los ojos de su amiga, la náusea de algo insoportable, fue horrible Janet, fue tan horrible. Sintió ceder la falda, la mano que corría bajo el slip y lo arrancaba, se contrajo con un último estallido de angustia y luchó por explicar, por detenerlo al borde para que eso fuera diferente, lo sintió contra ella y la embestida entre los muslos entornados, un dolor punzante que crecía hasta el rojo y el fuego, aulló de horror más que de sufrimiento como si eso no pudiera ser todo y solamente el inicio de la tortura, sintió sus manos en su cara tapándole la boca y resbalando hacia abajo, la segunda embestida contra la que ya no se podía luchar, contra la que ya no había gritos ni aire ni lágrimas.

Sumido en ella en un brusco término de lucha acogido sin que continuara esa desesperada resistencia que había tenido que abatir empalándola una y otra vez hasta llegar a lo más hondo y sentir toda su piel contra la suya, el goce vino como un látigo y se anegó en un balbuceo agradecido, en un ciego abrazo interminable. Apartando la cara del hueco del hombro de Janet, le buscó los ojos para decírselo, para agradecerle que al final hubiera callado; no podía sospechar otras razones para esa resistencia salvaje, ese debatirse que lo había obligado a forzarla sin lástima, pero ahora tampoco comprendía bien la entrega, el brusco silencio. Janet lo estaba mirando, una de sus piernas había resbalado lentamente hacia afuera. Robert empezó a apartarse, a salir de ella, mirándola en los ojos. Comprendió que Janet no lo veía.

Ni lágrimas ni aire, el aire había faltado de golpe, desde el fondo del cráneo una ola le había tapado los ojos, ya no tenía cuerpo, lo último había sido el dolor una y otra vez y entonces en mitad del alarido el aire había faltado de golpe, expirado sin volver a entrar, sustituido por el velo rojo como párpados de sangre, un silencio pegajoso, algo que duraba sin ser, algo que era de otro modo donde todo seguía estando pero de otro modo, más acá de los sentidos y del recuerdo.

No lo veía, los ojos dilatados le pasaban a través de la cara. Arrancándose de ella se arrodilló a su lado, hablándole mientras sus manos reajustaban malamente el pantalón y buscaban la hebilla del cierre como trabajando por su cuenta, alisando la camisa y metiendo los faldones bajo el cinturón. Veía la boca entreabierta y torcida, el hilo de baba rosada resbalando por el mentón, los brazos en cruz con las manos crispadas, los dedos inmóviles, el pecho inmóvil, el vientre desnudo inmóvil con sangre brillando, resbalando lentamente por los muslos entreabiertos. Cuando gritó, levantándose de un salto, creyó por un segundo que el grito venía de Janet, pero desde arriba, parado como un muñeco oscilante, veía las marcas en la garganta, el torcimiento inadmisible del cuello que ladeaba la cabeza de Janet, la volvía algo que se estaba burlando de él con un gesto de títere caído, todas las cuerdas cortadas.

De otro modo, tal vez desde el principio mismo, en todo caso ya no allí, movida a algo como una diafanidad, un medio translúcido en el que nada tenía cuerpo y donde eso que era ella no se situaba desde pensamientos u objetos, ser viento siendo Janet o Janet siendo viento o agua o espacio pero siempre claro, el silencio era luz o lo contrario o las dos cosas, el tiempo estaba iluminado y eso era ser Janet, algo sin asidero, sin una mínima sombra de recuerdo que interrumpiera y fijara ese decurso como entre cristales, burbuja dentro de una masa de plexiglás, órbita de pez transparente en un ilimitado acuario luminoso.

El hijo de un leñador encontró la bicicleta en el sendero y a través de los tablones del hangar entrevió el cuerpo boca arriba. Los gendarmes verificaron que el asesino no había tocado la maleta o el bolso de Janet.

Derivar en lo inmóvil sin antes ni después, un ahora hialino sin contacto ni referencias, un estado en el que continente y contenido no se diferenciaban, un agua fluyendo en el agua, hasta que sin transición era el ímpetu, un violento rush proyectándola, sacándola sin que algo pudiera aprehender el cambio, solamente el rush vertiginoso en lo horizontal o vertical de un espacio estremecido en su velocidad. Alguna vez se salía de lo informe para acceder a una rigurosa fijeza igualmente separada de toda referencia y sin embargo tangible, hubo esa hora en que Janet cesó de ser agua del agua o viento del viento, por primera vez sintió, se sintió encerrada y limitada, cubo de un cubo, inmóvil cubidad. En ese estado cubo fuera de lo translúcido y lo huracanado, algo como una duración se instalaba, no un antes o un después pero un ahora más tangible, un comienzo de tiempo reducido a un presente espeso y manifiesto, cubo en el tiempo. De haber podido elegir hubiera preferido el estado cubo sin saber por qué, acaso porque en los continuos cambios era la única condición donde nada cambiaba como si allí se estuviera dentro de límites dados, en la certeza de una cubidad constante, de un presente que insinuaba una presencia, casi una tangibilidad, un presente que contenía algo que acaso era tiempo, acaso un espacio inmóvil donde todo desplazamiento quedaba como trazado. Pero el estado cubo podía ceder a los otros vértigos y antes y después o durante se estaba en otro medio, se era nuevamente resbalamiento fragoroso en un océano de cristales o de rocas diáfanas, un fluir sin dirección hacia nada, una succión de tornado con torbellinos, algo como resbalar en el entero follaje de una selva, sostenida de hoja en hoja por una apesantez de baba del diablo y ahora —ahora sin antes, un ahora seco y dado ahí— acaso otra vez el estado cubo cercando y deteniendo, límites en el ahora y el ahí que de alguna manera era reposo.

El proceso se abrió en Poitiers a fines de julio de 1956. Robert fue defendido por Maître Rolland; el jurado no admitió las circunstancias atenuantes derivadas de una orfandad temprana, los reformatorios y el desempleo. El acusado escuchó con un tranquilo estupor la sentencia de muerte, los aplausos de un público entre el cual se contaban no pocos turistas británicos.

Poco a poco (¿poco a poco en una condición fuera del tiempo? Maneras de decir) se iban dando otros estados que acaso ya se habían dado, aunque ya significara antes y no había antes; ahora (y tampoco ahora) imperaba un estado viento y ahora un estado reptante en el que cada ahora era penoso, la oposición total al estado viento porque sólo se daba como arrastre, un progresar hacia ninguna parte; de haber podido pensar, en Janet se hubiera abierto paso la imagen de la oruga recorriendo una hoja suspendida en el aire, pasando por sus caras y volviendo a pasar sin la menor visión ni tacto ni límite, anillo de Moebius infinito, reptación hasta el borde de una cara para ingresar o ya estar en la opuesta y volver sin cesación de cara a cara, un arrastre lentísimo y penoso ahí donde no había medida de la lentitud o del sufrimiento pero se era reptación y ser reptación era lentitud y sufrimiento. O lo otro (¿lo otro en una condición sin términos comparables?), ser fiebre, recorrer vertiginosamente algo como tubos o sistemas o circuitos, recorrer condiciones que podían ser conjuntos matemáticos o partituras musicales, saltar de punto en punto o de nota en nota, entrar y salir de circuitos de computadora, ser conjunto o partitura o circuito recorriéndose a sí mismo y eso daba ser fiebre, daba recorrer furiosamente constelaciones instantáneas de signos o notas sin formas ni sonidos. De alguna manera era el sufrimiento, la fiebre. Ser ahora el estado cubo o ser ola contenía una diferencia, se era sin fiebre o sin reptación, el estado cubo no era la fiebre y ser fiebre no era el estado cubo o el estado ola. En el estado cubo ahora —un ahora de pronto más ahora— por primera vez (un ahora donde acababa de darse un indicio de primera vez), Janet dejó de ser el estado cubo para ser en el estado cubo, y más tarde (porque esa primera diferenciación del ahora entrañaba el sentimiento de más tarde) en el estado ola Janet dejó de ser el estado ola para ser en el estado ola. Y todo eso contenía los indicios de una temporalidad, ahora se podía reconocer una primera vez y una segunda vez, un ser en ola o ser en fiebre que se sucedían para ser perseguidos por un ser en viento o ser en follaje o ser de nuevo en cubo, ser cada vez más Janet en, ser Janet en el tiempo, ser eso que no era Janet pero que pasaba del estado cubo al estado fiebre o volvía al estado oruga, porque cada vez más los estados se fijaban y establecían y de algún modo se delimitaban no solamente en tiempo sino en espacio, se pasaba de uno a otro, se pasaba de una placidez cubo a una fiebre circuito matemático o follaje de selva ecuatorial o interminables botellas cristalinas o torbellinos de maelstrom en suspensión hialina o reptación penosa sobre superficies de doble cara o poliedros facetados.

La apelación fue rechazada y trasladaron a Robert a la Santé en espera de la ejecución. Sólo la gracia del presidente de la República podía salvarlo de la guillotina. El condenado pasaba los días jugando al dominó con los guardianes, fumando sin cesar, durmiendo pesadamente. Soñaba todo el tiempo, por la mirilla de la celda los guardianes lo veían removerse en el camastro, levantar un brazo, estremecerse.

En alguno de los pasos habría de darse el primer rudimento de un recuerdo, resbalando entre las hojas o al cesar en el estado cubo para ser en la fiebre supo de algo que había sido Janet, inconexamente una memoria intentaba entrar y fijarse, una vez fue saber que era Janet, acordarse de Janet en un bosque, de la bicicleta, de Constance Myers y de unos chocolates en una bandeja de alpaca. Todo empezaba a aglomerarse en el estado cubo, se iba dibujando y definiendo confusamente, Janet y el bosque, Janet y la bicicleta, y con las ráfagas de imágenes se precisaba poco a poco un sentimiento de persona, una primera inquietud, la visión de un tejado de maderas podridas, estar boca arriba y sujeta por una fuerza convulsiva, miedo al dolor, frote de una piel que le pinchaba la boca y la cara, algo se acercaba abominable, algo luchaba por explicarse, por decirse que no era así, que eso no hubiera tenido que ser así, y al borde de lo imposible el recuerdo se detenía, una carrera en espiral acelerándose hasta la náusea la arrancaba del cubo para hundirla en ola o en fiebre, o lo contrario, la aglutinante lentitud de reptar una vez más sin otra cosa que eso, que ser en reptación, como ser en ola o vidrio era de nuevo solamente eso hasta otro cambio. Y cuando recaía en el estado cubo y volvía a un reconocimiento confuso, hangar y chocolate y rápidas visiones de campanarios y condiscípulas, lo poco que podía hacer luchaba sobre todo por durar ahí en la cubidad, por mantenerse en ese estado donde había detención y límites, donde se terminaría por pensar y reconocerse. Una y otra vez llegó a las sensaciones últimas, al picor de una piel barbuda contra su boca, a la resistencia bajo unas manos que le arrancaban la ropa antes de perderse de nuevo instantáneamente en una carrera fragorosa, hojas o nubes o gotas o huracanes o circuitos fulminantes. En el estado cubo no podía pasar del límite donde todo era horror y revulsión pero si la voluntad le hubiera sido dada esa voluntad se habría fijado ahí donde afloraba Janet sensible, donde había Janet queriendo abolir la recurrencia. En plena lucha contra el peso que la aplastaba contra la paja del hangar, obstinándose en decir que no, que eso no tenía que pasar así entre gritos y paja podrida, resbaló una vez más al moviente estado en que todo fluía como creándose en el acto de fluir, un humo girando en su propio capullo que se abre y se enrosca en sí mismo, el ser en olas, en el trasvasarse indefinible que ya tantas veces la había mantenido en suspensión, alga o corcho o medusa. Con esa diferencia que Janet sintió venir desde algo que se parecía al despertar de un sueño sin sueños, al caer en el despertar de una mañana en Kent, ser de nuevo Janet y su cuerpo, una noción de cuerpo, de brazos y espaldas y pelo flotando en el medio hialino, en la transparencia total porque Janet no veía su cuerpo, era su cuerpo por fin de nuevo pero sin verlo, era conciencia de su cuerpo flotando entre olas o humo, sin ver su cuerpo Janet se movió, adelantó un brazo y tendió las piernas en un impulso de natación, diferenciándose por primera vez de la masa ondulante que la envolvía, nadó en agua o en humo, fue su cuerpo y gozó en cada brazada, que ya no era carrera pasiva, traslación interminable. Nadó y nadó, no necesitaba verse para nadar y recibir la gracia de un movimiento voluntario, de una dirección que manos y pies imprimían a la carrera. Caer sin transición en el estado cubo fue otra vez el hangar, volver a recordar y a sufrir, otra vez hasta el límite del peso insoportable, del dolor lancinante y la marea roja tapándole la cara, se encontró del otro lado reptando con una lentitud que ahora podía medir y abominar, pasó a ser fiebre, a ser rush de huracán, a ser de nuevo en olas y gozar de su cuerpo Janet, y cuando al término de lo indeterminado todo coaguló en el estado cubo, no fue el horror sino el deseo lo que la esperaba al otro lado del término, con imágenes y palabras en el estado cubo, con el goce de su cuerpo en el ser en olas. Comprendiendo, reunida con sí misma, invisiblemente ella Janet, deseó a Robert, deseó otra vez el hangar de otra manera, deseó a Robert que la había llevado a lo que era ahí y ahora, comprendió la insensatez bajo el hangar y deseó a Robert, y en la delicia de la natación entre cristales líquidos o estratos de nubes en la altura lo llamó, le tendió su cuerpo boca arriba, lo llamó para que consumara de verdad y en el goce la torpe consumación en la paja maloliente del hangar.

Duro es para el abogado defensor comunicar a su cliente que el recurso de gracia ha sido denegado; Maître Rolland vomitó al salir de la celda donde Robert, sentado al borde del camastro, miraba fijamente el vacío.

De la sensación pura al conocimiento, de la fluidez de las olas al cubo severo, uniéndose en algo que de nuevo era Janet, el deseo buscaba su camino, otro paso entre los pasos recurrentes. La voluntad volvía a Janet, al principio la memoria y las sensaciones se habían dado sin un eje que las modulara, ahora con el deseo la voluntad volvía a Janet, algo en ella tendía un arco como de piel y de tendones y de vísceras, la proyectaba hacia eso que no podía ser, exigiendo el acceso por dentro o por fuera de los estados que la envolvían y abandonaban vertiginosamente, su voluntad era el deseo abriéndose paso en líquidos y constelaciones fulminantes y lentísimos arrastres, era Robert en alguna parte como término, la meta que ahora se dibujaba y tenía un nombre y un tacto en el estado cubo y que después o antes en la ahora placentera natación entre olas y cristales se resolvía en clamor, en llamada acariciándola y lanzándola a sí misma. Incapaz de verse, se sentía; incapaz de pensar articuladamente, su deseo era deseo y Robert, era Robert en algún estado inalcanzable pero que la voluntad Janet buscaba forzar, un estado Robert en el que el deseo Janet, la voluntad Janet querían acceder como ahora otra vez al estado cubo, a la solidificación y delimitación en que rudimentarias operaciones mentales eran más y más posibles, jirones de palabras y recuerdos, sabor de chocolate y presión de pies en pedales cromados, violación entre convulsiones de protesta donde ahora anidaba el deseo, la voluntad de finalmente ceder entre lágrimas de goce, de aceptación agradecida, de Robert.

Su calma era tan grande, su gentileza tan extrema que lo dejaban solo de a ratos, venían a espiar por la mirilla de la puerta o a proponerle cigarrillos o una partida de dominó. Perdido en su estupor que de algún modo lo había acompañado siempre, Robert no sentía el paso del tiempo. Se dejaba afeitar, iba a la ducha con sus dos guardianes, alguna vez preguntaba por el tiempo, si estaría lloviendo en Dordoña.

Fue siendo en olas o cristales que una brazada más vehemente, un desesperado golpe de talón la lanzó a un espacio frío y encerrado, como si el mar la vomitara en una gruta de penumbra y de humo de Gitanes. Sentado en el camastro Robert miraba el aire, el cigarrillo quemándose olvidado entre los dedos. Janet no se sorprendió, la sorpresa no tenía curso ahí, ni la presencia ni la ausencia; un tabique transparente, un cubo de diamante dentro del cubo de la celda la aislaba de toda tentativa, de Robert ahí delante bajo la luz eléctrica. El arco de sí misma tendido hasta lo último no tenía cuerda ni flecha contra el cubo de diamante, la transparencia era silencio de materia infranqueable, ni una sola vez Robert había alzado los ojos para mirar en esa dirección que solamente contenía el aire espeso de la celda, las volutas del tabaco. El clamor Janet, la voluntad Janet capaz de llegar ahí, de encontrar hasta ahí se estrellaba en una diferencia esencial, el deseo Janet era un tigre de espuma translúcida que cambiaba de forma, tendía blancas garras de humo hacia la ventanilla enrejada, se ahilaba y se perdía retorciéndose en su ineficacia. Lanzada en un último impulso, sabiendo que instantáneamente podía ser otra vez reptación o carrera entre follajes o granos de arena o fórmulas atómicas, el deseo Janet clamó la imagen de Robert, buscó alcanzar su cara o su pelo, llamarlo de su lado. Lo vio mirar hacia la puerta, escrutar un instante la mirilla vacía de ojos vigilantes. Con un gesto fulminante Robert sacó algo de debajo del cobertor, una vaga soga de sábana retorcida. De un salto alcanzó la ventanilla, pasó la soga. Janet aullaba llamándolo, estrellaba el silencio de su aullido contra el cubo de diamante. La investigación mostró que el reo se había ahorcado dejándose caer sobre el suelo con todas sus fuerzas. El tirón debió hacerle perder los sentidos y no se defendió de la asfixia; apenas habían pasado cuatro minutos desde la última inspección ocular de los guardianes. Ya nada, en pleno clamor la ruptura y el paso a la solidificación del estado cubo, quebrado por el ingreso Janet en el ser fiebre, recorrido en espiral de incontables alambiques, salto a una profundidad de tierra espesa donde el avance era un morder obstinado en sustancias resistentes, pegajoso ascender a niveles vagamente glaucos, paso al ser en olas, primeras brazadas como una felicidad que ahora tenía un nombre, hélice invirtiendo su giro, desesperación vuelta esperanza, poco importaban ya los pasos de un estado a otro, ser en follaje o en contrapunto sonoro, ahora el deseo Janet los provocaba, los buscaba con una flexión de puente enviándose al otro lado en un salto de metal. En alguna condición, pasando por algún estado o por todos a la vez, Robert. En algún momento ser fiebre Janet o ser en olas Janet podía ser Robert olas o fiebre o estado cubo en el ahora sin tiempo, no Robert sino cubidad o fiebre porque también a él lentamente los ahoras lo dejarían pasar a ser en fiebre o en olas, le irían dando Robert poco a poco, lo filtrarían y arrastrarían y fijarían en una simultaneidad alguna vez entrando en lo sucesivo, el deseo Janet luchando contra cada estado para sumirse en los otros donde todavía Robert no, ser una vez más en fiebre sin Robert, paralizarse en el estado cubo sin Robert, entrar blandamente en el líquido donde las primeras brazadas eran Janet, entera sintiéndose y sabiéndose Janet, pero allí alguna vez Robert, allí seguramente alguna vez al término del tibio balanceo en olas cristales una mano alcanzaría la mano de Janet, sería al fin la mano de Robert.

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