Kiara Percy es mi nombre artístico. ¿Sabes? Nací Kiara Quint, pero tras un cambio de imagen, cambié no solo mi nombre sino también el color de mis
ojos. Antes eran oscuros y gracias a las lentes de colores ahora son verdes. Mi cabello rojo más bien rizado, siempre lo he llevado
largo y liso.
Mi padre y yo
llegamos a Sunset Valley cuando yo era una adolescente y mi padre, un joven
músico con mucho talento, pero poca fortuna. La desgracia se apoderó de nuestra
familia desde el día en que yo nací. Pues con mi nacimiento, perdimos toda
relación con mis abuelos maternos y mi madre llena de tristeza se encerró en un
mundo de fantasía que solo por momentos abandonaba.
Desde jovencita tuvo que trabajar muy duro para salir adelante. Trabajó de niñera durante muchos años, pero nunca dejó de estudiar. Mientras los niños dormían, mi madre estudiaba día y noche para sacarse sus estudios, pero también se dedicaba a su pasión: escribir novelas. Escribió muchos cuentos cortos, pero su mejor obra fue una novela llamada "Kiara". Fue tras la última entrega de "Kiara," mientras visitaba a su agente, cuando conoció a mi padre y fue amor a primera vista.
Mis abuelos maternos siempre quisieron la fama y el éxito
para ella. Para ellos los estudios y la carrera artística de mi madre
eran lo más importante. Un día ella les habló de mi padre y les confesó que
esperaba un bebé. Mi abuelo quien era muy estricto, sufrió tal disgusto
que tuvo un ataque y enmudeció, y nunca más le dirigió la palabra. Su enfermedad empeoró y pocos
meses después de que mamá dejara la casa, mi abuelo falleció. Al poco tiempo mi abuela
le siguió.
Mi madre se culpaba de todo lo sucedido y sufría en
silencio. Parecía que su trabajo era entonces su mayor alegría.
Un día gris de otoño, frío y
lluvioso me desperté sobresaltada y bañada en sudor. Aunque era pequeña tuve sensación de agonía y abandono. Una horrenda pesadilla me había despertado.
Sin embargo la pesadilla continuó.
Horas más tarde mi padre me dijo:
–Hija, algo malo le ha
pasado a mamá y no la volveremos a ver. Se ha ido.
Hubo un accidente y el coche en que viajaba mi madre se
incendió. Ella desapareció y nunca más la volvimos a ver. Como mis padres, también tengo aficiones artísticas. Me
gusta cantar; tengo muy buenas aptitudes y una bonita voz, pero como mi madre, prefiero escribir. Escribir es para mí una necesidad. Es la otra forma que
tengo de comunicarme con todos sin dirigirme a nadie en específico. Mientras
escribes puedes decir todo lo que quieras y creas, y no hay nadie para
contradecirte o responderte, solo tus propios pensamientos. Pero hay algo que
también me apasiona: enseñar y ayudar a la gente. Ahora te dejo amigo diario.
Tengo que ir a trabajar. Mis
alumnos me esperan.
¿Qué cómo ha sido mi día? Me gustaría decirte, que
idéntico a cada uno de los días en los últimos diez años. Despertarme pronto ha
sido y quizás sea, lo que más fácil se me da. Aunque soy buena amante de Morfeo y me pierdo en sus
brazos cada noche, con solo cinco horas de sueño tengo suficiente. Tomo siempre
el tren para ir a la oficina a las 8:05 horas y monto en el primer vagón para
salir por la primera puerta. Además así siempre encuentro asientos vacíos, me
siento y leo mi libro. Siempre estoy leyendo alguno. Llego a la oficina
temprano, preparo mi puesto, enciendo mi ordenador y espero a los primeros clientes. Cuando
termino, vuelvo al vacío de mi apartamento donde parece que las telarañas de mi
hastío cubren las paredes como tapices. Cada día transcurre igual, solo cambian
las personas que me rodean.
Ayer, sin
embargo, fue un día muy especial
porque algo diferente ocurrió. Aún ahora
no salgo de mi asombro.
Pues a media mañana, algo inusual me sucedió. Primero, en la oficina no hubo ninguna situación desagradable con ningún
cliente insatisfecho, cosa rara. Todo fue sobre ruedas, algo como ya te dije,
inusual. Mi jefe, un hombre cerrado como no hay dos, me dijo que si quería
podía salir a tomar un café. Así que, extraña a mi costumbre, salí a las 10:30
am y más extraño aún, me dirigí a una cafetería en Bilbao en la cual nunca
había estado. Tú sabes que soy animal de costumbres, pues no sé que me dio.
Era un sitio de esos con aires bohemios. Tenía paredes empapeladas en gris y dorado que combinaban con lámparas que parecían
estrellas, y creaban una atmósfera, francamente, agradable, ideal para
relajarme leyendo mi libro.
Pedí mi café en la barra y me senté en un sofá
corrido, de esos que le sirve de asiento a varias mesas a la vez. Tomé mi libro
y comencé a leer.
Mientras leía, sentí un hormigueo en mi nuca, juraría que alguien me observaba desde la
mesa de al lado. Sentí esa sensación, ¿sabes?,
de que te están observando, y a los pocos minutos escuché.
– ¿El Amor en Los Tiempos del Cólera?
–¿Perdón?–repliqué levantando la vista y mirando en
la dirección que venía la voz.
–El libro... ¿Es El Amor en Los Tiempos del
Cólera?–preguntó un hombre joven de unos treinta y tantos años señalando con un
dedo a mi libro.
–Ajá –asentí y traté de continuar leyendo, ya sabes
lo que me cuesta hablar con extraños.
–¿Y le está gustando?
Levanté la cabeza de entre las páginas y volví a
asentir –Sí, me encanta – respondí con algo de timidez– ¿Lo ha leído? –el
desconocido estaba despertando en mi algo de curiosidad.
– Si, hace tiempo lo leí. Creo que cada vez tiene
más vigencia.
Lo miré fijamente y descubrí sus ojos claros como
agua marinas y unos labios sensuales. En su mesa descansaba un libro que
parecía haber estado hojeando. Me deleitó con su más amplia y perfecta sonrisa.
–Es muy actual.
–¿Cómo que actual? Es una historia que narra hechos ocurridos el siglo pasado –agregué
intrigada.
No sabía si mi interlocutor me estaba mintiendo y no había leído la novela o simplemente me estaba tomando el pelo.
–Estamos en los tiempos del cólera.
–No creo que haya cólera en España, ni siquiera en Europa –le interrumpí.
Volvió a sonreír.
–El amor está en los tiempos del cólera nuevamente.
Lo digo en sentido figurado. ¿No lo crees así? –comenzó a tutearme.
–No lo sé. No tengo ni idea.
–Es muy difícil conocer a alguien, encontrar pareja, enamorarse en estos tiempos. ¿Estás de acuerdo conmigo?–Volvió a tutearme.
Sabía de lo que me hablaba. Estaba cansada de buscar en redes sociales, de citas incomodas e inútiles. No había conocido a nadie que
me impresionara lo suficiente para volver a verle. Tantos fracasos me habían
hecho desistir de buscar alguien con quien compartir mi vida y mis aficiones.
Extrañamente, no me sentí incómoda con él; le tuteé también.
–Sí, creo que sí. Es verdad...
Sin darnos cuenta el tiempo pasó, y hablamos de nuestras vidas y de nuestros gustos. Reímos juntos intercambiando anécdotas
graciosas de nuestras citas. A ambos nos apasionaba la literatura, así que
intercambiamos opiniones sobre nuestros libros favoritos. Del libro que llevaba
me leyó poemas que me transportaron a sitios de ensueño y me hicieron sentir la
emoción que él sentía.
Mientras hablábamos se movió de su sitio y terminó sentándose a mi lado.
– ¿Qué te parecería si te invitara a tomar un café? ¿Quedarías conmigo, reina?
Sentí el peso y el calor de su mano sobre mi
rodilla, mi corazón dio un vuelco, y no me pude negar.
–Sí, claro...encantada –respondí turbada por su
contacto.
–¿Mañana aquí a la misma hora?
–Vale, hasta
mañana.
–Hasta mañana reina.
Se levantó y le vi alejarse.
Mi cabeza daba vueltas, un temblor imperceptible me
paralizó, y mis manos estaban heladas. "Tanto tiempo en la red buscando ¿Y
qué me paso hoy! ¿En un café un
desconocido me conquista! ¡Dios! Esos labios, esos ojos ¿No estaría yo
soñando?" Cuando salí del café, caminaba sobre una nube. Ni cuenta me di que había llegado a la oficina.
Mi día continuó como en un sueño. Las horas en el trabajo se me hicieron cortas y de vuelta en casa me sentía feliz. Los
recuerdos de la mañana se repetían en mi mente una y otra vez.
Hoy teníamos nuestra primera cita. Salí de la
oficina a la misma hora que ayer. Caminé
hasta la cafetería y en la puerta vacilé. Mi inseguridad habitual trató de
minar mi voluntad, pero en un esfuerzo crucé el umbral de la puerta, pedí mi
café en la barra y con este en la mano me giré buscando con la mirada la mesa
donde le había conocido. La mesa estaba vacía, pero en ella reposaba el mismo
libro que había visto ayer. Supuse que estaría cerca, me senté en la mesa
contigua y comencé a leer mientras bebía mi café.
–Buenos días reina. Me alegro de verte.
Escuché su voz a mi espalda, me giré despacio y vi
un rostro pálido, y unos ojos tristes; sus labios estaban lívidos y esbozaban
una sonrisa glacial.
"¡Oh dios! ¿Es este el mismo hombre que yo
conocí ayer? ¿El mismo que me encandilo con sus hermosos ojos, su sonrisa y su
alegría? ¡No puede ser! ¿Estaría soñando!¡No puede ser! Parece la persona más triste que jamás he conocido."
–Perdone, creo que se ha equivocado de persona –dije mientras recogía mi libro con premura. Me levanté y me marché sin mirar atrás.
A veces la vida te da peras cuando quieres melones, y la vista se te nubla como se nubla la mente cuando altas expectativas nos rigen. Ahora sola en mi habitación, pienso que no le presté la atención suficiente a ese chico, la primera vez que nos vimos, y peor aún, le rechacé. Ahora siempre me quedará la duda de si hubiera sido un buen compañero en estas tardes frías de otoño.
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en su interior se sienten punzadas las entrañas vibran se estremecen y se contorsionan se escucha su estertor y gritan sin grito una algarabía silente cual plañidera garganta que crece en la oquedad chirrían los nervios le crujen los huesos por ella se conduelen mas ella, solitaria sufre su pena de amor y un gorigori jolgorico no cesa de cantar
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José Julián Martí Pérez (La Habana, Cuba, 28 de enero de 1853 – Dos Ríos, Cuba, 19 de mayo de 1895) fue un político republicano democrático, pensador, periodista, filósofo y poeta nacional cubano de origen español, creador del Partido Revolucionario Cubano y organizador de la Guerra del 95 o Guerra Necesaria. Perteneció al movimiento literario del modernismo.
Sobre el poema se cuenta que tras su encarcelamiento y primera deportación de Cuba, Martí viaja a Guatemala donde trabaja en la Escuela Normal Central como catedrático de Literatura y de Historia de la Filosofía. Allí conoce a María García Granados, hija del expresidente de Guatemala mientras impartía un curso sobre composición literaria. Se cree que María se enamoró del profesor con el que mantenía una cálida relación .
Martí vuelve a México donde había conocido a la cubana Carmen Zayas Bazán, para contraer matrimonio el 20 de diciembre de 1877. Regresa con su esposa a Guatemala a inicios de 1878. María sufre un duro golpe y muere ese mismo año.
Muchos años después este poema, el número IX de la obra "Versos Sencillos" conocido como La niña de Guatemala, salió a la luz en 1891.
Dedicado a Rebeca Mendez, la eterna enamorada del Muelle de San Blas.
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Escríbeme un poema que como caña de azúcar me acaramele el cuerpo,
uno suave que acaricie mis oídos con palabras aligeras e imaginarias que me hagan volar por cañadas y montes, un poema que pueda saborear
mientras tu ausencia ocupe mis brazos.
Escríbeme versos de amor que enciendan mi gélida alma que despierten la quietud
del lago tornándolo mar indómito. Escríbeme una balada donde sienta tus sinceros te quieros, una balada que me bañe de caricias que coloree mi tristeza
como el cielo, como la llama, como el trigo una balada que florezca
mariposas en mi estomago que con su goloso aroma
me empalaguen la risa Escríbeme una copla
a la orilla del Nervión
que su música atraviese el agua,
cree remolinos de espuma, salpicando mi cintura
en mi lento andar
Envíame ternura,
mi añorado juglar.
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