jueves, 30 de enero de 2014

Capítulo VI-Momentos de tensión

Las cosas no estaban funcionando como yo había imaginado. Ya no se advertía el ambiente familiar que comenzó a regir nuestras vidas cuando llegamos a la ciudad. 

La casa mostraba su verdadera cara, y no como yo,  ilusionada, la había percibido unos meses atrás. Paredes empapeladas, anticuadas y sucias, muebles deteriorados, una nevera que no enfriaba y un fogón que fallaba de continuo, aderezaban la estancia con un sabor agrio y caduco que  influía también en nuestra desolación. Al menos eso creía yo. 

La culpabilidad de mi malograda relación con mi padre pesaba como loza sobre mí. Me esforzaba todo lo que podía, cumplía con todas mis responsabilidades sin que mi padre tuviera que indicármelo.  A pesar de ello, el tiempo pasaba y no parecía que nuestra relación volviera a ser cordial.

Un día al llegar, me encontré un espectáculo que me dejó en shock durante unos minutos. Del techo de casa salía un denso humo negro y los bomberos estaban allí. Corrí hacia la puerta tan pronto como reaccioné, pero un bombero no me permitió entrar. Grité el nombre de mi padre, pero este no salió. Desde fuera percibí ruidos y voces alteradas. 

Todo había comenzado mientras papá cocinaba. Se distrajo un momento y la comida se quemó dando lugar a un incendio. La alarma alertó a los bomberos que vinieron enseguida. 



Por un instante pensé lo peor, recordé la trágica muerte de mi madre, pero enseguida deseché la idea porque comprobé que la casa no ardía, que solo se apreciaba el oscuro humo. Fueron unos minutos de verdadero pavor, pero pronto el ruido cesó y un bombero salió seguido de mi padre. 


 Dijeron que el fuego ya estaba extinguido, que los daños no eran mucho, solo las paredes un poco chamuscadas y el fogón y el horno completamente calcinados. Mi padre parecía haberse asustado solo, pero estaba bien. 
                          

Un par de días más tarde aún seguía castigada, razón por la cual no podía visitar a ninguno de mis compañeros al salir de clases. Sin embargo, tras una semana de castigo caí en la cuenta de que mi padre nunca estaba en casa cuando yo regresaba. Así que cuando un compañero de clase me invitó al bar karaoke, acepté.  

Era una tarde de otoño en que las hojas caídas  de los arboles  reflejaban anaranjadas  los pocos rayos de un débil sol que mientras yo paseaba se escondió del todo. 
Mi compañero de clases se llamaba Miguel. Era muy amable conmigo y  el primero que me mostraba algo de interés y me invitaba a conocer la ciudad. Me cayó muy bien desde el primer día de clases y era un chico muy divertido. 

El parque estaba enfrente al instituto y un festival de otoño se estaba celebrando y allí fuimos, pero no quise permanecer mucho tiempo por miedo a que mi padre apareciera. Él solía tocar por propinas en el parque, por ese motivo, nos fuimos enseguida al bar. 

El bar, situado en una calle bastante transitada, era un edificio de ladrillos cara vista y madera con dos ventanales en la fachada. En su interior, además del karaoke, había un escenario para actuaciones, conciertos y otros eventos. 

Casi por un instante pude haber entrado, pero escuché que alguien cantaba; la  voz era inconfundible.  ¡Mi padre estaba actuando dentro del bar, muy cerca de la puerta principal! 
Mientras decidía que hacer, miré por la ventana y lo vi terminar de cantar una canción de felicitación. Mas mi sorpresa fue mayor cuando lo vi dirigirse al bar y coger un trago. ¡Mi padre nunca antes había bebido alcohol! y ahora le veía allí tomar uno tras otro. 
 
No quise ver más y sin despedirme de mi amigo quien había entrado al bar, abandoné el sitio. Ya sabía porque papá llegaba tarde a casa y no le veía casi. 
"Esta noche tendremos que hablar, papá. De esta noche no pasa que tengamos una conversación,"pensé.

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