miércoles, 26 de febrero de 2014

Relato-La luz cegadora

Abro mis ojos viejos, miro alrededor y me pregunto "¿Dónde estoy? ¿Qué lugar es este?"

Me levanto despacio con cuidado. Mi cuerpo pesa muchísimo. 

No distingo bien. Una telilla fina cubre mis pupilas, pero no las protege del halo de luz que las hiere. Doy un bote tirando la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos a la vez. Caigo al suelo, pasan unos minutos y recobro la calma poco a poco. Intento abrir los ojos y lo logro, sin que la luz los vuelva a cegar. Recorro con la vista este lugar desconocido para mí. No sé donde estoy. 

"¿Donde están los demás?" Me angustio pensando que me han abandonado. 

Estoy en un pozo profundo donde los recuerdos se ahogan. Mi mente está en blanco como estas paredes vacías que me rodean y no dicen nada. Son frías al tacto.

Estoy sediento como si hubiera subido a una montaña o como si hubiera hecho una carrera de obstáculos. Busco en la penumbra algo para saciar mi sed. Más que ver el agua la presiento, casi la olfateo. Olfateo el olor característico de la humedad, sé que está cerca. La encuentro y bebo deprisa toda la que hay. El agua recorre mis entrañas aliviando el ardor de la ansiedad y la angustia. Algo de tranquilidad me invade, y aún en la semioscuridad permanezco sosegado por unos instantes que parecen horas. 

Sin embargo la serenidad escasea y me dura poco. Siento un gusanillo de angustia. La impertérritas paredes se agitan, se mueven a mi alrededor, se estrechan poco a poco. No sé cómo impedirlo pero me afano en andar, primero hacia un lado, y luego hacia otro, como si marcando mi terreno le recordara a las paredes que yo estoy aquí. Una vuelta y otra vuelta. De pronto descubro una puerta. No la he visto antes en mi desesperación. Cuando la veo, emito un grito que me sale de muy adentro, más que un grito es casi un desgarro de mis entrañas, es mi dolor en forma sonora... y casi al instante la puerta se abre. 

Una luz cegadora mi impide ver, pero sé que son ellos. "Están aquí!"¡Son ellos!" Me lanzo en dirección a la sombra que crean en el umbral, sus olores me envuelven y me recuerdan la seguridad, y la calma. Caigo en sus brazos y siento que estoy en casa.

–¿Qué pasa, abuelete? ¿Nos has extrañado? No hemos tardado mucho.

–Ya estamos aquí, Rocky. Toma un premio. Buen chico. 

Acarician mis orejas y el lomo. Sé que estoy a salvo. Sigo sin saber donde estoy, pero ellos están conmigo. Lo demás no importa.




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