sábado, 29 de junio de 2013

Relato: Querían Dejarme Fuera


–Me querían dejar fuera. Me cerraron la puerta, pero entré. Creyeron que me había ido. No lo hice, les dejé pensar eso. Tan pronto les perdí de vista y ellos a mí, busqué cómo volver a entrar y por eso estoy junto a ti ahora.

   Te preguntarás cómo entré, cómo logré engañarles. ¡Fue fácil!


 Hice un rodeo, di la vuelta y encontré una abertura en la verja. El agujero no era muy grande, pero pegándome bien al suelo, logré colarme arrastrando mi cuerpo sobre la hojarasca seca. Por un momento, uno de los guardias casi me descubre, por lo que tuve que esconderme detrás de unos setos por un tiempo. Me quedé quieto, sin mover ni un solo pelo, y no me vio. El guarda siguió su recorrido y cuando desapareció de mi vista,  ni su olor a cuero curtido y a sudor se percibió en el aire,   ni escuché  más el crujir de la maleza bajo sus botas, aún así me desplacé con precaución y agazapado traté de encontrarte.

   Era tarde y la luz tamizada por la sombra de los cipreses y setos, me dificultaron la visión. Por un rato anduve vagando sin rumbo fijo cansado y jadeante. Las piedras que me encontraba en el camino eran muy parecidas unas de otras; todas planas, pero no estaban frescas. No las podía tocar, el sol las había recalentado así que permanecí en el camino de tierra y hojarasca. Te busqué en cada rincón y perdí el camino a ti muchas veces.

   La luna me sorprendió esa primera noche sin haberte encontrado. El agotamiento no me dejaba continuar.  Me dolía el cuerpo, me hice unos rasguños con las ramas de los arbustos mientras me escondía. Mi estómago hacía ruidos y mis entrañas se movían como si gritaran. Miré a mi alrededor y me llegó el aroma de algo que podría ser comida. Busqué hasta que ya no pude seguir.

   Me recosté un rato y con los ojos medio cerrados miré hacia arriba. Una lluvia de estrellas salpicaba el cielo como miles de bombillas encendidas a la vez iluminando la oscuridad que me rodeaba. Entrecerré los ojos y unas estrellas evocaron los tuyos sonrientes como cuando me acariciabas, esos mismos que yo buscaba a cada instante pidiendo tu aprobación, tu apoyo y tu cariño.
   
   Recuerdo esa última tarde en que me dormí en tu regazo y acariciando mi cabeza me prometiste.
–No te preocupes que siempre estaré contigo. Nunca te abandonaré. Su, su, su –susurraste– duérmete, duérmete.
   
   Y me dormí. Cuando desperté, no estabas en casa. Te habías ido.
Pasaron dos días que se me hicieron interminables. Te esperaba a la hora que siempre llegabas a casa, más no aparecías. Cuando ya había consumido toda la comida que me dejabas por si demorabas, busqué en la cocina y encontré más. Pasaron unas noches y unos días hasta que ellos, tu familia, vinieron a casa. Sabían de mi imposibilidad de salir y procurarme alimento, y me dejaron  comida. Vi como se llevaban algunas de tus cosas. Un temor, hasta ese momento desconocido, me sobrecogió. Mi cuerpo comenzó a temblar, pero ellos no vieron ni mi preocupación, ni mi miedo. No dijeron a donde iban, solo se llevaron tu ropa. Así que decidí seguirles sin que se dieran cuenta.

   Caminé tras ellos y les vi entrar en aquel edificio tan oscuro y mal oliente. El temblor volvió a estremecer mis huesos cansados y mientras me orientaba, sentí que estabas cerca. Primero fue un presentimiento, y luego les vi salir a todos ellos, todas esas personas que una vez conocí. Les escuché pronunciar tu nombre. Algunos lloraban con tanto sentimiento como tú alguna vez lo hiciste junto a mí.
   
   Sabía que no me dirían si estabas entre ellos por lo que les volví a seguir. Esa vez usaron un coche grande y oscuro, muy diferente al tuyo brillante, calentito en invierno y fresco en verano, con olor a pino del bosque. Este coche no olía bien, pero tu olor estaba mezclado con aromas raros a tristeza y soledad. Como iba despacio pude seguirle hasta que se detuvo y todos entraron con una enorme caja. Los guardas no me permitieron acercarme. Usé mis sentidos como me enseñaste cuando íbamos de caza y supe que estabas aquí.
Los guardas me cerraron las puertas y me echaron, pero yo he vuelto por ti.

–Me prometiste que nunca me dejarías y te fuiste, pero ahora que te he encontrado, no te abandonaré. Dormiré sobre esta piedra si es preciso, hasta que salgas de ahí. 






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