viernes, 31 de mayo de 2013

El relato

Mis manos

    Son las doce de la noche pasadas, el ladrido de un perro solitario se escucha en la distancia, pero no camuflan lo suficiente el sonido de las teclas mientras escribe. Aurora solo ha escrito unas líneas escasas, se para de pronto, mira a la pantalla del monitor de la computadora con la vista fija. Es solo ojos, sin embargo no ve. Su mirada está perdida, sumida en la reminiscencia de su infancia.


    La escena se repetía mucho más de lo que a ellas les hubiera gustado. Fueron innumerables las veces en las que  su madre se enfrascaba en la tarea de revisarle la cabeza para limpiarla de piojos y liendres. Por un tiempo, casi todas las noches antes de irse a la cama les tocaba lo que a ella, de niña, le parecía un suplicio pues debía sentarse en el suelo entre las piernas de su madre y soportar como esta desenredaba su largo pelo rizado. Lo tenía castaño  claro por lo que era mucho más difícil encontrar las liendres que se aferraban con la fuerza de un caballo a cada hebra de pelo. La madre sentada en una silla no muy alta hacia las veces de cuentacuentos para entretenerle. Aurora siempre se quejaba de dolor de cabeza por los tirones de pelo y en muchas ocasiones la madre le decía "Dolores fueron los que sufrí durante tu nacimiento".
    
    Un día le preguntó a su madre como había sido su nacimiento y ella sonriendo le respondió.
–Fue doloroso, ya te dije.
–¿Cómo fue? ¿Qué pasó? ¿Dónde estabas cuando te empezaron los dolores? –preguntó ella abriendo los ojos como platos. Su curiosidad le hacía olvidar los tirones que su madre le daba cada vez que atrapaba uno de los bichos.
– Acababa de dar un paseo con una amiga y nada más llegar a casa comencé a sentirme mal. Le conté a tu tía que los dolores habían comenzado y ella me dijo que era hora de ir al hospital. 
–¿Y así sin más nací yo? –Y enseguida– ¡Ay, me duele! 
Su madre se apresuró a proseguir con su relato. Le habló de las doce horas de dolor que sufrió durante toda la noche anterior al parto. 
–Tengo hambre mami –intentó una vez más que su madre la dejara en paz.
–Pues mira, esa es otra cosa que me pasó –continuó su madre sin parar de mover sus dedos entre los cabellos– Con los dolores y todo, tenía hambre...
–¿Y qué hiciste? –preguntó la niña con la curiosidad recuperada. 
–Le pedí de comer a las enfermeras, pero cuando iba a empezar a comer, me vino un dolor muy fuerte y en ese momento naciste tú.

    Pensar en su infancia le endulzaba el alma, recordar las historias de su madre siempre la transportan a épocas pasadas, a vidas ajenas que le gustaba narrar como si de esa forma pudiera vivir otras vidas. 
     
    Comienza a escribir. Lo tiene claro. Ha encontrado el hilo de la madeja, lo desenreda y lo vuelve a hilar. Tic tac tic  suenan las teclas en medio de la noche. Parece que la noche se hace eterna, sin embargo solo un par de  horas han transcurrido.
    
    El calor de la noche de verano la empalaga con su sudor dulzón y pegajoso. Se levanta y se dirige a la cocina. Tiene la boca seca. Se pasa la lengua por los labios, y se muerde el inferior, mientras, abre el grifo y deja correr el agua un poco, rellena un vaso y bebe.
     
    Se remonta a otras noches de bochorno allá en su querida Habana cuando sentados en el patio a la luz de la luna esperaban a que la noche refrescara para irse a dormir.  Eran noches de historias. La narradora seguía siendo su madre que con la edad adulta había aumentado su repertorio y cada vez sus historias eran más dramáticas. 
–¿A que no saben lo que me contaron ayer? 
Nadie se sorprendía. Sabían que contaría la historia quisiéran o no.
–No, ¿Qué pasó? –Replicaron todos al unísono con un deje irónico que no pasó inadvertido para su madre, pero sabía que siempre había alguien que picaba por curiosidad.
–Descubrieron una niña recién nacida en el platanal de al lado del edificio donde vive mi compadre –contó con cara de preocupación, achicando sus ojos y bajando el tono de su voz, continuó– parece ser que la madre se puso de parto y se escondió en el pasillo lateral del edificio y cuando dio a luz, abandonó a la criatura en el patio sembrado de plátanos que hay al lado. 
–¡Qué cosa más horrible! –gritó ella sin poder contener su indignación– ¿La niña está bien?
–Afortunadamente un vecino la escucho llorar y la encontraron.
–¡Qué salvaje!
–La policía usó los perros para rastrear a la madre y la encontraron en la Estación Central de Autobuses que está muy cerca de allí –concluyó su madre más relajada.
Historias y más historias le rondan, pero ya sabe de qué  va a seguir escribiendo. Se sienta al teclado y comienza a escribir el titulo "La Madre".

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