jueves, 28 de marzo de 2013

Capitulo II Escena II El Viaje


El autobús se acercaba, me levanté con dificultad del banco de piedra en el que había estado descansando. Estaba agotada, desgreñada y triste, muy triste.  Había llorado mucho por todo el camino, pero las lágrimas aún no paraban de inundar mis ojos, más profundos quizás por la tristeza. Mi cuerpo parecía que pesaba toneladas, las piernas casi no me sostenían en pie, pero con determinación me levanté con mi bolsa en mano y subí al autobús cuando este hubo parado.

El conductor me miró con extrañeza, y creo que con ganas de hacerme preguntas al ver mi aspecto. Me sentía débil y sucia con mi pelo negro largo todo enredado, mas solo hizo una pregunta.
– ¿A dónde?
–A la Habana.
–Hasta la terminal de ómnibus de la Habana son 3 pesos– dijo cerrando la puerta, sin mirarme ya.


Sin titubear le alargué el dinero que durante casi un año había estado ahorrando, y  caminé hacia el interior del autobús sentándome  en uno de los primeros asientos desde donde podía divisar el camino perfectamente. Pronto las pocas viviendas del poblado a lo largo de la Carretera Central, comenzaron a pasar una a una. Los árboles también se pusieron en movimiento y supe que me alejaba de casa. Ni una sola vez miré atrás. No tenía fuerzas para hacerlo, y además sabía que me marearía.

No deseaba mirar atrás, ni ver el camino que se alejaba a gran velocidad de mi pueblo natal. Intenté distraerme, pero los mismos pensamientos daban vuelta una y otra vez. Mi corazón se aceleraba recordando el parto y la carita de mi hija. Justo en ese momento, escuché la voz de una niña llamando a su madre, sentadas dos asientos más atrás, pero les podía escuchar. La escena me remontó a mi infancia.

Sabía que si me sentaba en los primeros asientos no me marearía. Esta vez también gran tristeza me embargaba... Nueve largos años habían pasado desde la primera vez  que había viajado en autobús. Fue la primera vez que me separaba de mi madre y aun recordaba con dolor todo lo que había ocurrido.

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