sábado, 16 de febrero de 2013

Capítulo I La madre

La madre 

"En la vida todo lo que vale, cuesta" pensaba mientras caminaba  con dificultad por el camino polvoriento que llevaba a las afueras del pueblo aquel mediodía. Debía llegar a la carretera donde cogería el autobús para la ciudad. La caminata bajo el ardiente sol era agobiante. Las gotas de sudor me rodaban copiosamente desde la frente bajando por  el cuello  y    deslizándose por los contornos de mi voluminosa barriga. Mi avanzada gestación se veía a través de mi sencillo vestido color crema. Jadeaba sonoramente como si me costara respirar. Paré un momento para descansar bajo la sombra de un árbol y guarecerme del sol. Miré a mi alrededor y no había ninguna casa o árbol a la vista, solo campos de plátanos.


          El platanal era de grandes dimensiones y las plantas estaban completamente crecidas. Sus largas y abundantes  hojas formaban una especie de tejado verde proyectando una sombra agradable entre surco y surco. 

Mientras decidía que hacer, sentí el ruido de un camión y tiros no lejos de allí. Sin pensarlo dos veces salí corriendo, como alma que se la llevaba el diablo,  y me adentré en el platanal. Corrí tanto como pude en mi estado y me alejé del borde del camino.

           Acurrucada entre dos plátanos, en cuclillas esperé a que pasara lo que tuviera que pasar. Los tiros continuaron escuchándose continuamente. Mientras mi pelo enredado me cubría parte de mi cara, mis lágrimas de miedo mezcladas con sudor y polvo, se convirtieron en lágrimas de dolor cuando las primeras contracciones me vinieron. Mi respiración se aceleró, mi corazón comenzó a latir con fuerza y sentí como se me mojaba toda la entrepierna.

        –Ahora no, por favor, no– dije en voz alta y no pude evitar un quejido–agrr, agrr no, no por favor... Las contracciones comenzaron y los dolores aparecieron. De mi bolsa de yute saqué unos pañales. Puse uno de los paños sobre la tierra en el espacio entre las dos plantas. Tirando de un par de hojas las coloqué a modo de cortina para que cubriera el sitio donde me encontraba, dos por cada lado. Luego me tumbé con las piernas recogidas, pero no me aliviaba.  Me dolía la espalda. Para colmo de males tenía hambre.  .–¿Qué puedo comer? Necesito algo –me pregunté. Miré a mí alrededor y vi unos plátanos maduros en una mata cercana. Con sumo cuidado y precaución  siempre vigilando el camino, me acerqué, cogí tres y volví a mi escondite. Sentada comí dos y guardé uno en la bolsa dentro de esta encontré un trozo de pan que también comí.

       Pam, pam, pam a lo lejos las detonaciones eran cada vez menos frecuentes. Algo pasaba en el cuartel. La gente del pueblo hablaba a escondidas que habían alzados al mando por aquella zona tan cercana a las montañas de la Sierra Maestra. Sabía muy bien que sí. Yo había escondido y ayudado a uno de los alzados que quería unirse a los guerrilleros que luchaban contra el tirano que estaba en el gobierno, pero la situación se había complicado y él se había ido dejándome un regalito en la panza.

       Pensar en el padre de mi hijo me entristeció y como si el bebé sintiera mi estado de ánimo, comenzaron las contracciones nuevamente esta vez mucho más seguidas. Jadeando me acosté boca arriba con las piernas flexionadas como había visto hacer a mi madre con la comadrona. Con uno de los paños me sequé el sudor de mi rostro. Tenía  17 años y mi cuerpo se había transformado de niña a mujer durante la gestación. El dolor que sentía era tal, que mordiendo el paño sofocaba mis gritos. –Ay, agrr – gemí con el trapo entre los dientes. Cada pocos minutos el dolor se pasaba y podía descansar. En uno de esos momentos, a pesar del calor, del sudor y de la balacera, me quedé dormida. 

       Prácticamente habían pasado unas horas cuando desperté. El sol estaba más bajo, y se adivinaba el atardecer acompañado de una brisa que junto a la siesta le proporcionaron algo de descanso, pero este no duró mucho.

        Casi enseguida comenzaron las contracciones. Mi cuerpo comenzó a experimentar cambios que a duras penas podía reconocer. Entre contracción y contracción sentí como si mis entrañas se abrieran. Las contracciones eran cada vez más largas, progresivas y más intensas. Apenas tenía tiempo para moverme, pero decidí sentarme con las piernas flexionadas. Fue la forma más cómoda que encontré. Me dolía la espalda y cada vez eran más rápidas las contracciones. Recordé cuántas veces vi a mamá parir en casa e incluso tuve que ayudar. Ahora me tocaba a mí. La respiración acelerada, las contracciones, el dolor, el calor  que a pesar de la brisa no parecía disminuir. De pronto sentí una ganas inmensas como de dar de vientre y   comencé a pujar. No me encontraba cómoda sentada, así que me puse en cuclillas y  cada vez que venía una nueva contracción, pujaba contrayendo los músculos del abdomen como si en ello me fuera la vida. El tiroteo se acercaba. Tra, tra, tra ráfagas de metralleta se escuchaban. En uno de esos momentos sentí una punzada muy dolorosa, acuclillada, con el paño en la boca para ahogar mis gritos, contrayendo los músculos del abdomen, el pujo fue tan fuerte que por fin nació mi pequeña. Por fortuna era una niña en apariencia sana. La recogí del suelo donde había caído y con otro pujo salió la  placenta.

       Tomé a mi bebé en mis brazos y la limpié con el paño había estado mordiendo. Luego la envolví en un pañal limpio que tomé de la bolsa. Con una cinta que también tenía, até con todas mis fuerzas el cordón umbilical. La bebé lloró, pero la abracé y la arrullé con cierto mimo. La niña no paraba de llorar así que la puse en mi pecho. En principio parecía que no salía nada pues la bebé no dejaba de gimotear, pero a los pocos minutos se  estaba alimentando y no se quejó más. Entonces me di cuenta que el nacimiento lo cambiaba todo,  recordé que debía seguir mi camino, mi viaje, más estaba cansada de tanto esfuerzo, que recosté la espalda contra una planta, amamanté a mi niña y nos quedamos dormidas. Allí nos sorprendió la noche.
Fue un día canicular de agosto cuando decidí escapar de mi casa y mi familia para viajar a La Habana. Quería empezar una nueva vida en una ciudad extraña donde nadie me conociera. Mi nombre es María Ana, pero todos me llaman Mariana.  





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