martes, 25 de diciembre de 2012

Historias Urbanas-Será Nuestro Secreto

SERÁ NUESTRO SECRETO

    Siempre he querido pensar que mi novio Ariel fue el primero en mi vida. Siempre he querido pensar que esa primera vez, en que estuvimos a solas y dejamos que nuestra pasión nos dominara, fue mi primera experiencia sexual.

    Quedamos en vernos en su casa cuando su madre se hubiera marchado a hacer compras.  Aunque no lo habíamos hablado, ambos sabíamos que esa sería nuestra primera vez.

    Ese día tomé un baño, en vez de una ducha. Dejé que el agua caliente llenara casi completamente la bañera. Usé unas sales olorosas que mi madre tenía para ocasiones especiales. Me sumergí en el agua con la intención de quitar cualquier tipo de olor ajeno a mí,  cualquier tipo de impureza... Quería sentirme limpia y nueva para Ariel. Durante unos largos segundos permanecí sumergida hasta que mis pulmones consumieron todo el aire que tenia de reserva. Emergí del agua sintiendo una fuerza y una emoción desconocida. 

     Me senté en la bañera y con una esponja me froté los hombros, luego las axilas. Recordé que necesitaba depilarme. Froté mis pechos y  me avergoncé de la erección de mis pezones como respuesta al estimulo. Continué frotando mi cuerpo como arrastrada por una fuerza invisible que me empujaba a seguir por el camino marcado por el botón de mi ombligo. Con movimientos circulares bajé por mi estomago y disfruté de las sensaciones. Continué bajando hasta la hermosa franja de bello que rodea mi sexo.  Traté de pensar en otra cosa, pero solo pensaba en Ariel y como sería nuestra primera vez. 

Terminé mi baño abruptamente como para quitar de mi mente la imagen de su boca besándome y sus brazos acariciando mi cuello. Nunca habíamos pasado de ahí. Nunca le había permitido tocarme, a pesar de haber sentido la necesidad de que me hiciera el amor.
Siempre mis recuerdos se interponían.
                     
                          


    Mi vida cambió de golpe una tarde de otoño cuando solo tenía 6 años.

    Un día mientras mi madre dormía, aburrida decidí ir a jugar con mis amigas y vecinas Mayra y Elena. Para desgracia mía solo su hermano Juan se encontraba allí. Tenía unos 18 años y aunque no le conocía mucho, no me caía mal.
–Mis hermanas y mi madre no están, pero puedes entrar a esperarlas.  Han ido de compras. No tardaran mucho.
La tele estaba puesta y me puse a verla mientras esperaba.  Juan se fue a una de las habitaciones y unos minutos más tarde volvió.
                        
                         

   
    Me pasé la mano por la frente tratando de disipar mis nervios y mis recuerdos. Procedí a depilarme, primero las axilas y luego las piernas. Los pensamientos eróticos volvieron a invadirme. Según pasaba la maquinilla de rasurar por mis piernas imaginaba las manos que tantas veces me habían acariciado e intentado ascender por ellas.

–¡Basta ya! –Me dije en voz alta para acallar mis pensamientos.

Siempre me pasaba cuando pensaba en Ariel.  Mis sentidos se despertaban y fantaseaba con la idea de ser suya, sin embargo, mi otro yo se imponía, y me controlaba frustrando cualquier idea, cualquier plan.

 –Esta vez no me vas impedir que lo logre –susurre, aclaré mis piernas, me puse el albornoz de mi madre y me fui a mi habitación.

Me vestí rápidamente casi sin pensar.  El vestido nuevo, regalo de mi madre, era algo ceñido, pero me veía bien. Me puse mascara de pestañas y un poco de carmín en los labios. Cepille mi pelo y lo recogí en una coleta.  Tomé mi bolso y salí de casa.

Apenas 20 minutos más tarde llegué al piso de mi novio. Me abrió la puerta rápidamente y sin saludar siquiera entré.  Me tomó de la mano y me llevó a su habitación.  Mi mente se empeñaba en recordar.
                  
                        



 –Ven,  voy a enseñarte una cosa –me dijo Juan, mi vecino. Yo le seguí.

Entró en una habitación  que estaba en penumbra. La escasa luz que entraba por la única ventana, iluminaba escasamente. Era un gris atardecer de invierno. Había una cama, un armario y una mesa con una silla. El se sentó en la cama y me dijo que me sentara a su lado. Pensé que me daría un regalo, pero no fue así.
          
                      



    –Mi madre no está –dijo mi novio cerrando la puerta de su dormitorio. 

Me quede parada en la entrada sin saber que decir. Sin soltarnos las manos caminamos hasta el borde de la cama. Tomó mi cara entre sus manos y me besó de forma suave y cariñosa primero, y más fuerte después. Me entregué al beso y él me empujó suavemente hasta tumbarme en la cama. En ese instante vinieron a mi mente recuerdos dolorosos que creía tener olvidados.
       
                   



    Juan me empujó suavemente hasta tumbarme en la cama y se me echó encima. No sé exactamente lo que sucedió, pero recuerdo que mirando hacia la puerta pedía en silencio que viniera alguien.  Sentí un dolor intenso, como si algo me quemara y como si algo se rompiera dentro de mí. Mientras agarraba y estrujaba con fuerzas la sabana, gritaba "papá" en silencio. Las lágrimas me cegaron y solo vi oscuridad.
Me dormí o me desmayé.  No quiero recordar.  Quizás no quiero saber. Solo deseo no haber estado allí.

Me desperté en su cama y no sabía qué hacer, solo quería ver a mis padres.  Me levanté y caminé hasta la puerta.  Él no me dejó marchar así. Me llamó y yo le obedecí. Me sentó en sus piernas y mientras me mecía me dijo:
–Ni tu padre, ni tu madre deben enterarse porque no te querrán nunca más. Será nuestro secreto.

Ese día mí mundo se vino  abajo por primera vez. Algo había cambiado dentro de mí. Descubrí que todas las cosas que nos pasan no son buenas; me di cuenta que hay gente mala. Me odio a mí misma. Me doy asco cuando pienso en aquello ¿Por qué no me levante y me fui? ¿Por qué no le pedí que no lo hiciera? Creo que yo soy tan culpable como él.
          
                 

   

     Ariel  se dio cuenta que algo no iba bien.

 –¿Qué pasa amor? ¿Por qué de pronto te pones tan tensa? –preguntó Ariel sin entender el por qué de mi tensión– ¿Acaso no deseas...?

    Se interrumpió y se tumbó a mi lado en la cama. Sus manos comenzaron a acariciar mis cabellos y disfruté de la caricia cerrando los ojos.  Me atrajo hacia sí y sin dejar de acariciarme, beso mis ojos, uno primero y otro después; beso mi nariz suavemente y con su lengua jugó con ella y hasta sentir el sabor de mi piel;  su lengua bajo hasta la zona que rodea mis labios dibujándolos, perfilándolos.  Mi boca se partió como una tajada de manzana recién cortada esperando que el saciara su apetito. Me besó con suavidad y apasionadamente después, como si quisiera espantar mis malos recuerdos con su cariño y pasión. Su emoción era palpable, su pasión, casi incontrolable, aumentaba por segundos exaltando la mía propia. 

–No te preocupes, amor.  Nadie lo sabrá; será nuestro secreto. Te amo.








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